Desde mi exilio opositor, estudiando el desarrollo de la personalidad,  tropiezo con Erikson, Profesor emérito de Harvard,  que allá por el 68 cuando Massiel enfundada en glitter se ganaba el aplauso de Europa, elaboró una clasificación por la que la vida tiene 8 etapas. Estas etapas son presentadas como un ciclo que tiene una evolución de acuerdo a la edad de la persona, y va de acuerdo a su maduración, que él en su jerga de psicopedagogo llamaba ocho dimensiones de pares opuestos, ocho conflictos que debemos resolver para ser exitosos como individuos; claro, como estoy en lo que estoy debería centrarme en los cuatro primeros que se refieren a niños de 0 a 5 años y,  sin embargo, el que me llama la atención sobre los demás es el último, al que él,  muy galantemente,  encuadra en un período de la vida al que etiqueta con un bondadoso cartel como "edad avanzada", un espacio amplio que cada cual acota como su espejo y su juicio le aconsejen. El conflicto, el par opuesto que propone para esta etapa de la vida se las trae: ENTEREZA frente a TEDIO y DESESPERACIÓN y la elección a resolver es la que se me adentra en la sangre como un cuchillo de hielo: SER, POR HABER SIDO. AFRONTAR EL YA NO SER. La edad adulta avanzada es también una época para jugar, para rescatar una cualidad infantil esencial para la creatividad.

Se me tambalea la disciplina de ballerina rusa que me he impuesto, los petardos de la calle en fiestas preludian fuegos nocturnos, las horas de silla y más silla se me antojan demasiadas, las arrugas de mi frente se disparan hacia la playa donde el sudor se confunde con el mojito, mientras en la televisión que ven mis padres, veladores de mi exilio, el conde mata a la puta de un balazo, y lo que todavía aún queda con lo que ya he bregado se va amontonando en resmas infinitas y salen volando como los flayers de Pachá, se me viene un borbotón de horchata fresca a la boca, leo un mensaje de mi rubio preferido alarmado de tanto silencio, y decido que así que caiga un poco más la fresca le dan morcilla un rato a este sinsentido y me largo a ver si han puesto las calles.

Tal vez enseño por ser comprendido y cambiar las cosas y, claro, por aprender.

Os echo de menos, prometido que en cuanto que acabe vuelvo.